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Si los europeos queremos mantener el modo de vida de democracias prósperas que tanto apreciamos no nos va a quedar otra que tomarnos en serio a nosotros mismos
Que Europa se haya quedado de golpe y porrazo sin el paraguas defensivo de los Estados Unidos ha sido solo la última pérdida de una lista de otras que han ido viniendo en los últimos tiempos y que no hemos sido capaces de percibir.
Sin duda el cambio de posición promovida por el presidente Trump es, con diferencia, las más visible, por radical, repentina y ruidosa, pero no es la única pérdida, ni la primera, a la que nos enfrentamos los europeos ante un paisaje internacional nuevo y diferente al que siempre creímos y que tenemos “naturalmente” interiorizado en nuestra percepción de nosotros mismos y de nuestro papel en el mundo.
Las crudelísimas guerras de la ex Yugoslavia, con episodios casi del medievo, deberían habernos servido de pista para entender que la idea del continente como un espacio de paz, democracia, colaboración y buen rollo, tenía mucho de espejismo. Pero cada vez hay más cosas que siempre habíamos creído indiscutibles que van mostrándose crecientemente falsas y saber que es así nos ayudaría a los europeos a resituarnos en el contexto internacional.
Convendría que fuéramos, por tanto, desechando algunas de nuestras convicciones más tradicionales y confortables:
Creíamos que los países que no tienen democracias liberales serían siempre económicamente débiles. Y no es verdad. Ya no son solo los países con recursos excepcionales como petróleo los que han ganado en riqueza, prosperidad económica y poder.
Estábamos convencidos de que es esos países y zonas del mundo había una mayoría social que anhelaba nuestra democracia. Y no es verdad. Las tradiciones nacionales, étnicas, religiosas o sociológicas importan. Nos gustaba vernos como un modelo para el resto del mundo y resulta que ni nos miran ni nos envidian tanto como creíamos.
Pensábamos que, junto con nuestros aliados americanos, éramos propietarios de la llave de la tecnología sin la que es imposible avanzar. Bueno, pues tampoco es verdad. Ahora compramos productos y coches chinos no solo por precio sino porque son tecnológicamente mejores.
Nos creímos que no habría potencia militar capaz de hacernos daño a los europeos ya que contábamos, además de con nuestra “amabilidad internacional”, con el apoyo cerrado de nuestro poderoso aliado americano si las cosas se ponían feas. Pues resulta que no, que quien amenaza con quitarnos territorios es justamente el aliado, convertido ahora en el abusón de nuestro propio patio.
Si los europeos queremos mantener el modo de vida de democracias prósperas que tanto apreciamos no nos va a quedar otra que tomarnos en serio a nosotros mismos y saber que ahí fuera no nos están esperando para que le impartamos doctrina ninguna sino que hay un nuevo contexto geopolítico internacional en el que podemos elegir tener independencia estratégica y, en consecuencia, posición y voz propias o acomodarnos a los que otras potencias decidan, eso sí; con las reglas que ellas determinen, por supuesto.
Vamos a tener que pensar no solo en la seguridad y en el gasto que comporta (los hospitales ucranianos los destruyeron los tanques) sino también en cambiar la forma en la que tradicionalmente nos hemos visto a nosotros mismos y en cómo colaboramos.
Por ejemplo, conformarse con que las instituciones europeas sean un club de países en el que hacer vida social mientras íntimamente seguimos siendo cada cual de nuestro propio terruño es algo que no nos vamos a poder seguir permitiendo. Si no queremos que no nos pasen por encima necesitamos una integración europea financiera, energética, tecnológica y militar mucho más sólida, que nos permita esa posición en el mundo que creíamos tener pero que ya no tenemos.
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