jueves, 11 de diciembre de 2025

Un modelo sanitario que arruina a las empresas amigas

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Ha tenido que venir un gestor eficiente a destapar la verdad. Y lo ha hecho con tanta sinceridad que le ha costado el puesto.


Tradicionalmente la derecha española se ha presentado a sí misma como mejor gestora, más experta en la Administración y más profesional que la izquierda, a la que tildaba de frívola, derrochadora y amateur en materia de Gobierno. A despecho de las múltiples ocasiones (algunas bien cercanas y dramáticas) que desmienten ese tópico de la supuesta eficacia mejorada de los conservadores, hay que reconocer que es una impresión que, no por falsa, deja de estar muy instalada en el imaginario colectivo.

El propio alcalde de Madrid alimentaba la idea en 2021 cuando dijo -irónicamente- que “seremos fascistas, pero sabemos gobernar". Ninguna de ambas cosas era cierta, ni Almeida es un fascista (término que ha perdido ya su significado real para convertirse en puro insulto) ni saben gobernar mejor.

La última demostración es el sistema de hospitales de gestión privada que ahora hemos sabido que arruina a las empresas concesionarias, como la que gestiona el hospital de Torrejón. Ha tenido que venir un gestor eficiente, una persona profesional de lo suyo a destapar la verdad. Y lo ha hecho con tanta sinceridad que le ha costado el puesto. Gracias a esa persona experta que se atrevió a decir en alto cuál es su verdadero trabajo: incrementar el EBITDA (el dinero para la empresa) sabemos que el sistema de privatización de la sanidad no es que no garantice el derecho a la salud, cosa que en absoluto era responsabilidad del señor Gallart, sino que simple y llanamente no se sostiene desde el punto de vista económico, que era lo que a él sí le incumbía.

El “Modelo Alzira” que utilizan estos centros tomó ese nombre del primer hospital que inauguró el sistema de cesión privada en aquella localidad. El nuevo modelo se nos presentó entonces como novísima solución porque traspasaba al siempre virtuoso sector privado las obligaciones del sistema público, ineficaz y parasitario por definición (entiéndase todo esto sin prejuicio ideológico alguno, por supuesto). Alzira volvió finalmente a manos públicas que con dinero de todos tuvieron que reparar el profundo deterioro que tras 18 años en manos privadas encontraron allí.

Lo peor es que esta ruina de modelo sigue siéndolo pese a que la Comunidad de Madrid inventó un sistema (el de la libre elección) para poder pagar a estos hospitales cantidades adicionales por atender a pacientes de fuera de su zona. Fueron en total 2.354 millones de euros más de lo asignado para la atención “normal” a los pacientes correspondientes cada uno de esos centros sanitarios. Pues ni siquiera con ese jugoso premio. Ni por esas.

No se debería jugar con la salud pública pero si se juega, al menos que sea para ganar, porque de otro modo a la muy discutible opción de nuestra derecha de: “mejor privado que público”, se añade la ineptitud flagrante de quienes tanto presumen de buenos gestores.


martes, 2 de diciembre de 2025

La derecha adora al PSOE

Tiempo de lectura 2 min 44 seg

A la derecha el PSOE le encanta. Lo adora, lo ama, lo quiere, lo aprecia, lo
estima… bastante (como dirían Les Luthiers), siempre -eso sí- que se trate del PSOE “de antes”. Porque, si se fijan bien, siempre hay un PSOE “de antes”, lleno de virtudes, faro de responsabilidad, modelo de partido consciente y comprometido con España. 

Sucede, sin embargo, que aquel PSOE que tanto añora hoy nuestra derecha es el mismo PSOE al que en su momento, cuando era el PSOE “de temporada”, criticaban con ferocidad e indignación similares a las que se usan contra el de hoy. A aquel PSOE “de antes” la derecha de entonces no solo lo reprendía con argumentos similares a los que utiliza contra el de hoy, sino que se hartaba también de confrontarlo con el -para ellos- magnífico “PSOE de todavía antes”, olvidando que mientras estaba fresco, a aquel “PSOE de todavía antes” lo denostaban durísimamente en comparación con el “PSOE de aún antes todavía”.

Pablo Iglesias Posse pasó de ser un sinvergüenza corrupto que representaba falsamente a los obreros mientras él disponía nada menos que de un gabán, a ser el referente moral que los pérfidos socialistas de los 80´s habían marginado a los retratos en las sedes socialistas. ¡Si Pablo Iglesias levantara la cabeza! -decían entonces.

Julián Besteiro, intolerable marxista, nefasto contaminador de estudiantes, merecedor del fusilamiento al que, en efecto, fue condenado, devino en intelectual valiosísimo, orgullo de España y recuerdo que avergonzaba al inaceptable PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra.

¿Qué decir de Felipe González? que se empeñaba en ganar elecciones durante un periodo intolerablemente largo para la derecha y que para echarlo tuvieron incluso que “poner en riesgo las instituciones del Estado”, sin embargo convertido hoy en referente de adoración y esperanza para la patria.

El calificado en su momento como traidor a las víctimas, cómplice objetivo de ETA, Alfredo Pérez Rubalcaba, tuvo un reconocimiento prácticamente unánime como muñidor de la victoria de la democracia contra el terrorismo. Eso sí, tuvo que morirse primero. Su frase “en España enterramos muy bien” demostró la inteligencia que se le reconocería unánimemente después de fallecer.

A Zapatero aún lo odian porque, al parecer, no ha aviejado como debiera y aún mantiene contacto y lealtad al PSOE de hoy, al siempre peor PSOE posible para nuestra derecha, que tanto quiere y tanto debe al PSOE de antes y al de antes de antes, y al de antes de antes de antes.

A mi todo este amor, aunque venga siempre con retraso, me enternece y me confirma en el acierto definitivo de lo que en su momento se presentaba como intolerable.

Ahora, con Pedro Sánchez al frente del Partido Socialista, la inquina y el odio de la derecha se ha intensificado tanto que solo esperan su salida urgente, preferiblemente a la cárcel, para que el PSOE recupere las virtudes del pasado que la malignidad del perro ha arrebatado a los magníficos socialistas “de antes” que, al parecer, se mantienen agazapados y sobre los que la derecha vuelca todas sus esperanzas de que el PSOE vuelva a ser el de Rubalcaba, el de Felipe, el de Besterio o el de Iglesias, aquel que tanto odiaron cuando correspondía.

Así que no se sorprendan el día en que al PSOE del futuro, que, naturalmente, no será el de ninguno de esos líderes lo ataque la derecha con ferocidad renovada y tecnologías actualizadas y que, para despreciarlo, lo comparen con el estupendo PSOE de Pedro Sánchez, que levantó la economía, que era referente de las instituciones europeas e internacionales, que mejoró los salarios rebajó el paro y puso a España al frente de la UE. Al tiempo.

martes, 18 de noviembre de 2025

La guerra del tren de alta velocidad agota a los contendientes

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La prensa económica se hace eco estos días del que llaman “cambio de estrategia” de las compañías ferroviarias que compiten -es un decir- en el segmento de la Alta Velocidad (Renfe, Ouigo e Iryo).

Tras unas pérdidas acumuladas en los últimos años de 1.203 millones de euros, finalmente las tres compañías están dando por terminada la guerra comercial -que no la competencia- entre ellas.

Porque perder dinero a sabiendas para tratar así de expulsar al competidor y quedarse cuanto antes solo en el mercado no es competir. De hecho, hacerlo es justamente lo contrario de competir. Por eso asombra que los medios económicos, tan amigos -dicen- del libre mercado, se refieran a un aséptico “cambio de estrategia” y no al final del dumping, que es como saben muy bien que se llama lo que las compañías ferroviarias han venido haciendo.

Así que la subida de precios de los billetes de alta velocidad, aunque alguien lo crea, no es una mala noticia para los consumidores, sino una buena, porque ayudará a que, en efecto, haya libre competencia en el mercado de la alta velocidad y ningún proveedor se quede solo y libre para cobrarnos exactamente lo que le dé la gana cuando y como quiera, que era lo que buscaban las empresas contendientes, que no competidoras.

Ahora lo importante es que las autoridades de la competencia estén atentas para que quienes han demostrado no tener ningún pudor en utilizar la primera de las armas contra el libre mercado (el dumping) no se pasen, con la misma desvergüenza ya acreditada a la segunda de ellas (la cartelización) ¡Ojo!

Acuérdense del creador de la economía moderna Adam Smith (1723 - 1790), a cuya obra “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones” (1776) suelen apelar tan a menudo los mercantilistas, aunque nunca citen esta parte:

"Es raro que se reúnan personas del mismo negocio sin que la conversación termine en una conspiración contra el público para subir los precios”

sábado, 8 de noviembre de 2025

Las tres emociones de Vox


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Es sorprendente ver cómo la mayoría de las personas de izquierdas que conozco, que son intensamente emocionales, que se expresan con pasión y que manifiestan con rotundidad su rechazo a las políticas que entienden dañinas, sin embargo, cuando miran a los votantes de derechas se sorprenden de que estos no castiguen la mala gestión de los gobiernos a los que votan, ignorando que las personas de derechas son tan emocionales como ellos mismos.

Buena parte del éxito de Vox viene de haber comprendido perfectamente y aplicado esta emocionalidad, esa movilización del corazón que es todo lo contrario a la gestión, que mantiene atrapados a los políticos tradicionales en las tareas cotidianas y les hace olvidar los sueños, que son lo que moviliza a las personas.

Hay tres emociones profundas que los de Abascal están manejando con maestría: la identidad, la nostalgia y la rabia y, según las encuestas, parece que les están dando muy buenos resultados: 

La identidad
La identidad española se mantuvo durante años como un sentimiento amable, tranquilo y positivo. Ni siquiera el terrorismo nacionalista radical de ETA logró que el resto de españoles abjurara de sus compatriotas vascos. Recordemos el slogan de aquellas manifestaciones contra el terrorismo: “Vascos sí, ETA, no”.

Sin embargo, la locura del “procés” en Cataluña y la llegada a España de miles de personas de otros países, otras culturas, otras religiones y…otros colores, han despertado un sentimiento de fragilidad respecto al concepto de lo que es ser español. De poco sirve que no haya pasado nada grave si sentíamos que muchos catalanes no se ven como compatriotas nuestos. Si añadimos a los que, viniendo de otros países y siendo ahora españoles, se afanan en mantener sus culturas, religiones y costumbres (como -por cierto- hicieron los españoles que fueron a Europa) todo contribuye a fragilizar el sentimiento de identidad y es fácil abonarse al nacionalismo identitario español, tan tonto y tan peligroso como cualquier otro, pero igualmente poderoso para movilizar corazones, y votos.

La nostalgia
Además de no dolernos la espalda, cuando éramos jóvenes todo estaba más claro: los buenos hombres eran padres proveedores, las mujeres sabían cuál era su papel en la vida y en el hogar,  las grandes empresas tenían economatos para sus obreros, que entraban de aprendices allí donde se jubilarían y que con el tiempo podrían comprarse una casa en la que tener teléfono y televisor y hasta soñar con un coche, las clases medias se esforzaban para llevar a sus hijos a la universidad a la que ellos no habían podido ir y de la que los chicos salían bien colocados, mientras los extranjeros entre nosotros eran personajes pintorescos que daban color a la vida.

Un ecosistema comprensible y previsible, especialmente para los varones trabajadores y sus hijos. Duro para ellos, sin duda, pero, aunque no lo vieran, bastante más duro para sus mujeres, sus hijas o sus compañeros 'maricones'. La nostalgia por aquellos “buenos tiempos” hace olvidar el miedo de los abuelos que quedaron en el pueblo, el hambre que los llevó a ellos a la ciudad, los compañeros muertos en accidentes laborales cotidianos, la represión de los que levantaban la voz y lo poco orgullosos que estábamos entonces de España, con razón.

La rabia
Por último, el sentimiento más movilizador, junto con el miedo es la rabia. La rabia es poderosa, no repara en objetivos, ni en coherencia, ni en daños, ni necesita reflexionar, ni siquiera precisa tener razón. Le basta con ser el desahogo, la reacción a la decepción personal de cada uno y con encontrar un culpable cualquiera: un monstruo al que quemar, con preferencia visible, cercano y débil. Se dispara contra todo, pero a la hora de señalar se prefiere a los diferentes, frágiles o pobres.

Quienes, como Vox, están sabiendo trabajar las emociones a la hora de hacer política tienen mucho ganado contra los que todavía creen que pueden convencer a los demás con datos y con evidencias, en lugar de contagiándoles de sus propios sueños.





lunes, 20 de octubre de 2025

De estupores, jueces y diputados


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2 min 40 seg


Tras leer -estupefacto- la resolución del juez que dejó en libertad al exministro y todavía diputado José Luis Ábalos, concluyo sin ninguna duda que lo más lógico y natural es que el diputado no dimita de su cargo.

Si él mantiene que es inocente de los delitos que se le imputan, lo normal es que se mantenga en el cargo por dos razones muy bien fundadas, aunque causen estupor al juez.

La primera razón es que, si alguien es inocente hasta que se demuestre lo contrario, resulta muy comprensible que, incluso aunque ya nadie más lo considere así (incluido el propio juez) al menos él mismo, el encausado, siga comportándose como si fuese inocente y no como si fuese culpable. Al menos el derecho a seguir actuando como inocente mientras le dure tal condición no se lo debería poder quitar nadie y me causa estupor que un juez pretenda que el Congreso lo haga.

La segunda razón es que fuera de las puertas de los palacios de la Administración de Justicia, existe la calle y la opinión pública y los medios y las barras de bar y las ejecutivas de los partidos, y ante ese mundo, el de la vida misma, no caben apelaciones ni existen derechos ni garantías, ni presunciones de inocencia. No hay más reglas que el titular, la notoriedad, la noticia escandalosa y el morbo. Y en ese mundo Ábalos está sentenciado desde el principio. Y es culpable de todo, de lo que se le acusa judicialmente y de lo que no: de cohecho y de putero, de corrupto y de engreído, de ladrón y de mal marido. Y eso es independiente de cuál sea el resultado final del proceso judicial que conoceremos dentro de mucho tiempo y que se verá públicamente como escandaloso si finalmente la sentencia osara no coincidir con lo que la calle ya ha sentenciado inapelablemente: “No hay derecho” será la conclusión si tal “desatino” ocurriera.

Si Ábalos hubiera dejado voluntariamente de ser diputado no solo habría confirmado definitivamente esa culpabilidad que todo el mundo da ya por segura, sino que, además, hubiera perdido el único altavoz que le queda para reivindicarse un día si finalmente resulta absuelto por la Administración de Justicia. No le servirá de mucho, porque para todo el mundo es culpable y culpable será, pero al menos tendrá un micrófono, un escaño, un pequeño espacio público desde el que poder dirigirse unos minutos a los poquísimos que le escucharán. Y poquísimos son muchos más que nadie.

Hay una tercera razón de verdadera justicia: Ábalos es diputado y, como el propio juez señala, tiene una alta responsabilidad como persona elegida por los ciudadanos. Precisamente por eso los diputados (como los jueces) son aforados: para que nadie pueda torcer fácilmente su voluntad acusándolos de cualquier cosa. Pero esa cautela de nada serviría si la sola acusación, sólida o no, bastase para expulsarlos de su posición. Cualquiera puede ver que así sería demasiado fácil acabar jurídicamente con la vida pública y la capacidad de decisión de un electo o de un juez. Sería como aplicar la pena de muerte a los acusados antes del juicio; y de la muerte y de la dimisión Ábalos sabe bien que ya no se puede regresar, por eso sigue en el escaño.



domingo, 30 de marzo de 2025

No es solo que Trump ya no nos defienda: hay mucho más

 Tiempo de lectura: 2:45 min


Si los europeos queremos mantener el modo de vida de democracias prósperas que tanto apreciamos no nos va a quedar otra que tomarnos en serio a nosotros mismos


Que Europa se haya quedado de golpe y porrazo sin el paraguas defensivo de los Estados Unidos ha sido solo la última pérdida de una lista de otras que han ido viniendo en los últimos tiempos y que no hemos sido capaces de percibir.

Sin duda el cambio de posición promovida por el presidente Trump es, con diferencia, las más visible, por radical, repentina y ruidosa, pero no es la única pérdida, ni la primera, a la que nos enfrentamos los europeos ante un paisaje internacional nuevo y diferente al que siempre creímos y que tenemos “naturalmente” interiorizado en nuestra percepción de nosotros mismos y de nuestro papel en el mundo.

Las crudelísimas guerras de la ex Yugoslavia, con episodios casi del medievo, deberían habernos servido de pista para entender que la idea del continente como un espacio de paz, democracia, colaboración y buen rollo, tenía mucho de espejismo. Pero cada vez hay más cosas que siempre habíamos creído indiscutibles que van mostrándose crecientemente falsas y saber que es así nos ayudaría a los europeos a resituarnos en el contexto internacional.

Convendría que fuéramos, por tanto, desechando algunas de nuestras convicciones más tradicionales y confortables:

Creíamos que los países que no tienen democracias liberales serían siempre económicamente débiles. Y no es verdad. Ya no son solo los países con recursos excepcionales como petróleo los que han ganado en riqueza, prosperidad económica y poder.

Estábamos convencidos de que es esos países y zonas del mundo había una mayoría social que anhelaba nuestra democracia. Y no es verdad. Las tradiciones nacionales, étnicas, religiosas o sociológicas importan. Nos gustaba vernos como un modelo para el resto del mundo y resulta que ni nos miran ni nos envidian tanto como creíamos.

Pensábamos que, junto con nuestros aliados americanos, éramos propietarios de la llave de la tecnología sin la que es imposible avanzar. Bueno, pues tampoco es verdad. Ahora compramos productos y coches chinos no solo por precio sino porque son tecnológicamente mejores.

Nos creímos que no habría potencia militar capaz de hacernos daño a los europeos ya que contábamos, además de con nuestra “amabilidad internacional”, con el apoyo cerrado de nuestro poderoso aliado americano si las cosas se ponían feas. Pues resulta que no, que quien amenaza con quitarnos territorios es justamente el aliado, convertido ahora en el abusón de nuestro propio patio.

Si los europeos queremos mantener el modo de vida de democracias prósperas que tanto apreciamos no nos va a quedar otra que tomarnos en serio a nosotros mismos y saber que ahí fuera no nos están esperando para que le impartamos doctrina ninguna sino que hay un nuevo contexto geopolítico internacional en el que podemos elegir tener independencia estratégica y, en consecuencia, posición y voz propias o acomodarnos a los que otras potencias decidan, eso sí; con las reglas que ellas determinen, por supuesto.

Vamos a tener que pensar no solo en la seguridad y en el gasto que comporta (los hospitales ucranianos los destruyeron los tanques) sino también en cambiar la forma en la que tradicionalmente nos hemos visto a nosotros mismos y en cómo colaboramos. 

Por ejemplo, conformarse con que las instituciones europeas sean un club de países en el que hacer vida social mientras íntimamente seguimos siendo cada cual de nuestro propio terruño es algo que no nos vamos a poder seguir permitiendo. Si no queremos que no nos pasen por encima necesitamos una integración europea financiera, energética, tecnológica y militar mucho más sólida, que nos permita esa posición en el mundo que creíamos tener pero que ya no tenemos.