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Carlos Gorostiza
El blog de Carlos Gorostiza
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Carlos Gorostiza
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Ha tenido que venir un gestor eficiente a destapar la verdad. Y lo ha hecho con tanta sinceridad que le ha costado el puesto.
Tradicionalmente la derecha española se ha presentado a sí misma como mejor gestora, más experta en la Administración y más profesional que la izquierda, a la que tildaba de frívola, derrochadora y amateur en materia de Gobierno. A despecho de las múltiples ocasiones (algunas bien cercanas y dramáticas) que desmienten ese tópico de la supuesta eficacia mejorada de los conservadores, hay que reconocer que es una impresión que, no por falsa, deja de estar muy instalada en el imaginario colectivo.
El propio alcalde de Madrid alimentaba la idea en 2021 cuando dijo -irónicamente- que “seremos fascistas, pero sabemos gobernar". Ninguna de ambas cosas era cierta, ni Almeida es un fascista (término que ha perdido ya su significado real para convertirse en puro insulto) ni saben gobernar mejor.
La última demostración es el sistema de hospitales de gestión privada que ahora hemos sabido que arruina a las empresas concesionarias, como la que gestiona el hospital de Torrejón. Ha tenido que venir un gestor eficiente, una persona profesional de lo suyo a destapar la verdad. Y lo ha hecho con tanta sinceridad que le ha costado el puesto. Gracias a esa persona experta que se atrevió a decir en alto cuál es su verdadero trabajo: incrementar el EBITDA (el dinero para la empresa) sabemos que el sistema de privatización de la sanidad no es que no garantice el derecho a la salud, cosa que en absoluto era responsabilidad del señor Gallart, sino que simple y llanamente no se sostiene desde el punto de vista económico, que era lo que a él sí le incumbía.
El “Modelo Alzira” que utilizan estos centros tomó ese nombre del primer hospital que inauguró el sistema de cesión privada en aquella localidad. El nuevo modelo se nos presentó entonces como novísima solución porque traspasaba al siempre virtuoso sector privado las obligaciones del sistema público, ineficaz y parasitario por definición (entiéndase todo esto sin prejuicio ideológico alguno, por supuesto). Alzira volvió finalmente a manos públicas que con dinero de todos tuvieron que reparar el profundo deterioro que tras 18 años en manos privadas encontraron allí.
Lo peor es que esta ruina de modelo sigue siéndolo pese a que la Comunidad de Madrid inventó un sistema (el de la libre elección) para poder pagar a estos hospitales cantidades adicionales por atender a pacientes de fuera de su zona. Fueron en total 2.354 millones de euros más de lo asignado para la atención “normal” a los pacientes correspondientes cada uno de esos centros sanitarios. Pues ni siquiera con ese jugoso premio. Ni por esas.
No se debería jugar con la salud pública pero si se juega, al menos que sea para ganar, porque de otro modo a la muy discutible opción de nuestra derecha de: “mejor privado que público”, se añade la ineptitud flagrante de quienes tanto presumen de buenos gestores.
A la derecha el PSOE le encanta. Lo adora, lo ama, lo quiere, lo aprecia, lo
estima… bastante (como dirían Les Luthiers), siempre -eso sí- que se trate del PSOE “de antes”. Porque, si se fijan bien, siempre hay un PSOE “de antes”, lleno de virtudes, faro de responsabilidad, modelo de partido consciente y comprometido con España.
Sucede, sin embargo, que aquel PSOE que tanto añora hoy nuestra derecha es el mismo PSOE al que en su momento, cuando era el PSOE “de temporada”, criticaban con ferocidad e indignación similares a las que se usan contra el de hoy. A aquel PSOE “de antes” la derecha de entonces no solo lo reprendía con argumentos similares a los que utiliza contra el de hoy, sino que se hartaba también de confrontarlo con el -para ellos- magnífico “PSOE de todavía antes”, olvidando que mientras estaba fresco, a aquel “PSOE de todavía antes” lo denostaban durísimamente en comparación con el “PSOE de aún antes todavía”.
Pablo Iglesias Posse pasó de ser un sinvergüenza corrupto que representaba falsamente a los obreros mientras él disponía nada menos que de un gabán, a ser el referente moral que los pérfidos socialistas de los 80´s habían marginado a los retratos en las sedes socialistas. ¡Si Pablo Iglesias levantara la cabeza! -decían entonces.
Julián Besteiro, intolerable marxista, nefasto contaminador de estudiantes, merecedor del fusilamiento al que, en efecto, fue condenado, devino en intelectual valiosísimo, orgullo de España y recuerdo que avergonzaba al inaceptable PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra.
¿Qué decir de Felipe González? que se empeñaba en ganar elecciones durante un periodo intolerablemente largo para la derecha y que para echarlo tuvieron incluso que “poner en riesgo las instituciones del Estado”, sin embargo convertido hoy en referente de adoración y esperanza para la patria.
El calificado en su momento como traidor a las víctimas, cómplice objetivo de ETA, Alfredo Pérez Rubalcaba, tuvo un reconocimiento prácticamente unánime como muñidor de la victoria de la democracia contra el terrorismo. Eso sí, tuvo que morirse primero. Su frase “en España enterramos muy bien” demostró la inteligencia que se le reconocería unánimemente después de fallecer.
A Zapatero aún lo odian porque, al parecer, no ha aviejado como debiera y aún mantiene contacto y lealtad al PSOE de hoy, al siempre peor PSOE posible para nuestra derecha, que tanto quiere y tanto debe al PSOE de antes y al de antes de antes, y al de antes de antes de antes.
A mi todo este amor, aunque venga siempre con retraso, me enternece y me confirma en el acierto definitivo de lo que en su momento se presentaba como intolerable.
Ahora, con Pedro Sánchez al frente del Partido Socialista, la inquina y el odio de la derecha se ha intensificado tanto que solo esperan su salida urgente, preferiblemente a la cárcel, para que el PSOE recupere las virtudes del pasado que la malignidad del perro ha arrebatado a los magníficos socialistas “de antes” que, al parecer, se mantienen agazapados y sobre los que la derecha vuelca todas sus esperanzas de que el PSOE vuelva a ser el de Rubalcaba, el de Felipe, el de Besterio o el de Iglesias, aquel que tanto odiaron cuando correspondía.
Así que no se sorprendan el día en que al PSOE del futuro, que, naturalmente, no será el de ninguno de esos líderes lo ataque la derecha con ferocidad renovada y tecnologías actualizadas y que, para despreciarlo, lo comparen con el estupendo PSOE de Pedro Sánchez, que levantó la economía, que era referente de las instituciones europeas e internacionales, que mejoró los salarios rebajó el paro y puso a España al frente de la UE. Al tiempo.
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"Es raro que se reúnan personas del mismo negocio sin que la conversación termine en una conspiración contra el público para subir los precios”
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| Foto: Filippo Monteforte/AFP |
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Los fenómenos PIMTI
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Seguramente la ultraderecha de Le Pen ganará las elecciones legislativas de este domingo en Francia, como ganó de calle las europeas del pasado 9 de junio. El convencimiento de que eso es lo más probable ha hecho que al Presidente de la República se le haya criticado duramente por disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones. No han faltado quienes le reprocharon haberlo hecho en el peor momento, abriendo la puerta a un Gobierno que muy probablemente será presidido por la Agrupación Nacional (RN).
Sin embargo, las razones de Macrón son poderosas y democráticamente intachables. Como él mismo dijo tras el resultado de las Europeas en Francia “no podemos hacer como si no hubiera pasado nada". Efectivamente, así es. Macron no ha hecho otra cosa que cumplir con su deber. Escuchar la voz de la ciudadanía expresada en las urnas y actuar en consecuencia. Porque los franceses han dado una victoria electoral contundente e indiscutible a una opción electoral abiertamente contraria a las políticas europeístas y liberales que hasta ahora han movido la gobernanza en Francia, justo las que ha apoyado el Gobierno del presidente Macron. No se trata de un matiz, sino de una censura nítida y rotunda a la política actual por lo que hubiera sido faltar a su deber como presidente ignorar el mensaje de la ciudadanía.
Comprendo a quienes le critican por dar una oportunidad tan obvia a los enemigos de la democracia y de la construcción europea pero también creo que buena parte del desprestigio de la política viene, precisamente, de quienes la entienden como un juego superficial, como si se tratase de una serie televisiva o de un entretenido libro por entregas. Por supuesto que en el ejercicio de la política hay artimañas más o menos imaginativas, presentables unas e indecentes otras (tengo de tonto lo normal) pero nunca se debería pensar que eso es lo único que hay. Hacerlo es lo que abre la puerta a los enemigos de la democracia, a los que se carga de razones para despreciarla y, al cabo, de votos.
Por el contrario, la clave de la política democrática, su verdadero valor, es entender que no se trata de ningún juego sino de la vida de las personas, de su libertad y de sus derechos. La política de verdad no se hace con una calculadora en la mano, ni con el reloj o el calendario sino con la honestidad y con el respeto a la voluntad de los electores. Le guste o no, le convenga o no al político que esté en ese momento al frente. Macron se ha tomado en serio el mensaje popular y ha cumplido con su obligación. Ahora toca que los electores decidan lo que quieren para Francia.
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"No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés".
Adam Smith. La Riqueza de las Naciones, 1776
El dinero que se dedica a publicidad no es una subvención a la libertad ni un reparto de la Gracia de Dios. Por el contrario, es una inversión que, como todas, busca obtener beneficios. Con la publicidad institucional ocurre exactamente lo mismo. O debería.
Olvidar este principio básico que cualquier publicitario conoce: que la publicidad se hace para vender, es lo que lleva a cometer errores como los que les leo a algunas asociaciones de periodistas cuando reclaman un “reparto equitativo” de la inversión publicitaria institucional, ya que -según los firmantes- echan en falta “un modelo de ayudas y publicidad institucional capaz de asegurar la integridad y libertad del periodismo”.
Nótese cómo se ha perdido el norte y cómo se asimila lo que debería ser una inversión comercial, pública o no, con una ayuda económica a los medios. Los periodistas sinceramente preocupados por su independencia no deberían olvidar que los medios más libres siempre han sido aquellos a cuyos anunciantes solo les importaba vender más y a sus dueños solo ganar audiencia y, con ella, dinero. Cuando el interés ha sido cualquier otro las cosas de la libertad empiezan a torcerse.
Por supuesto que la inversión publicitaria tiene “efectos secundarios” como dicen que tan atinadamente señalaba el asesor de una presidenta autonómica: “No hace falta comprar un medio de comunicación. Basta con ser su mejor cliente”. Pero ya imagino que no es ese el modelo que reclaman las asociaciones de prensa.
Imaginen -no sé- que hubiera empresas que pagasen a los medios sin que por ello estos tuvieran que publicar anuncio alguno de sus ofertas o de su marca. Eso sí que sería una subvención y, desde luego, ni usted ni yo pensaríamos que tales pagos iban a ser a cambio de nada ¿verdad? Ese sí que sería un “auténtico reparto” ¿cree algún periodista que eso ayudaría a su libertad o todo lo contrario? Menos mal que eso no pasa ¿a qué no?
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El manifiesto de la FAPE es un soplo de esperanza y la demostración de que la profesión periodística mantiene su valor
Hoy es el día de la libertad de prensa y menudean los comunicados y las declaraciones a favor de ese derecho básico en cualquier democracia. También leo informaciones y condenas a la persecución física de los periodistas por el mundo; desde luego, saber que solo en Gaza han muerto ya 135 periodistas hace palidecer los indudables problemas que tenemos aquí.
Entre todas las declaraciones de hoy leo con especial interés el manifiesto de la última Asamblea que la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), sobre todo porque contiene afirmaciones valientes por encima de lo esperable. Al menos por encima de lo que esperaba yo.
Por supuesto que la Asociación levanta su voz para defender los derechos de los informadores a su integridad, al libre ejercicio de la profesión, a la libertad de expresión y contra la creciente precariedad laboral y salarial. Faltaría más. Pero lo que me ha sorprendido y hecho pensar que algo está pasando en el periodismo son las autoapelaciones que el manifiesto hace hacia los propios profesionales:
“Pedimos a los profesionales del periodismo que cumplan los principios éticos y deontológicos que rigen nuestra profesión y que no difundan mentiras, bulos o cualquier información que no haya sido confirmada y contrastada”
Lo que significa reconocer abiertamente que se difunde información no contrastada y hasta mentiras y bulos.
“estar vigilantes y ser críticos con lo que hacen los gobernantes y no colocarse en trincheras de uno u otro lado”…“no se conviertan en activistas al servicio de causas ajenas a la información.
Porque hay periodistas de trinchera.
Hay un párrafo en el que se reconoce que los periodistas habrían perdido una parte de la confianza de los ciudadanos debido, precisamente al descuido de los principios éticos y deontológicos. Lean:
Pedimos a los profesionales del periodismo que se preocupen por asegurar la regeneración de los principios éticos y deontológicos, única vía para recuperar la confianza en los ciudadanos.
Incluso reconoce el manifiesto que la profesión no debe entenderse como un reducto de impunidad:
Cualquier vulneración de derechos que se registre en una información o cualquier exceso realizado en aras de la libertad de expresión pueden ser llevados a los tribunales.
Y, por último, los periodistas españoles se conjuran para liderar ellos mismos la regeneración que piden:
Si la prensa no encabeza la lucha contra la polarización y la desinformación se facilitará la manipulación de la ciudadanía y los ataques a los periodistas. Si no hacemos de muro de contención, los bulos y las mentiras crecerán sin freno.
Dicen que el primer paso para solucionar un problema es reconocer que existe. Por eso creo que el manifiesto de Talavera de la FAPE es un soplo de esperanza y la demostración de que en la profesión periodística no se ha perdido definitivamente ni el valor de ver las cosas, ni la dignidad de contarlas, ni la profesionalidad ni la decencia. Insisto, más de lo que esperaba.
Un alivio para todos y un aplauso para la profesión.
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¿Cómo hemos podido llegar a dimitir tanto de nuestras obligaciones para que la persona menos adecuada sea quien ha dicho lo que muchos otros teníamos que haber dicho antes?
Por qué los periodistas que aman y respetan su profesión admiten que a su lado en las ruedas de prensa se sienten individuos que no van a ejercer la profesión sino a enmierdar el entorno mediático con mentiras, insultos y bulos directos. Esos periodistas que creen en su profesión sí eran personas adecuadas para quejarse y no el presidente.
Por qué los responsables medios de comunicación, con una clara y honesta línea editorial de siempre, conservadora o progresista, no solo aceptan que haya panfletos que embarran su sector, sino que incluso caen en la tentación de subirse a los titulares escandalosos, copiando y mimetizándose con los digitales de quita y pon que saben al servicio evidente de quienes no quieren ni periodismo ni libertad sino agitación y ruido. Esos responsables de medios que fueron de calidad sí eran personas adecuadas para quejarse y no el presidente.
Por qué los jueces honestos aceptan en sus filas a los que actúan aprovechándose del poder que les dan sus puñetas para torcer las bases de la democracia aceptando y promoviendo causas evidentemente insostenibles y que solo buscan dañar con el propio proceso a personas honestas. Esos jueces profesionales y cabales sí eran personas adecuadas para quejarse y no el presidente.
Por qué los policías que se saben y se valoran como servidores de la sociedad y de la Ley aceptan que otros policías deshonren su propio uniforme inventando pruebas falsas, persiguiendo a personas que saben inocentes contratando a delincuentes con un dinero que podría ir a mejorar sus propias condiciones de trabajo. Esos policías y guardias sí eran personas adecuadas para quejarse y no el presidente.
Por qué los ciudadanos españoles valoramos tan poco nuestra democracia que aceptamos, compartimos y nos cachondeamos a menudo de acusaciones intolerables y burlas crueles en las redes sociales y por qué nos divierte tanto aceptar que cualquiera que no nos caiga bien sea objeto de linchamiento público con cualquier mentira, mejor cuanto más salvaje. Nosotros sí éramos personas adecuadas para quejarnos y no el presidente.
¿Cómo hemos podido llegar a dimitir tanto de nuestras obligaciones para que la persona menos adecuada sea quien ha dicho lo que muchos otros teníamos que haber dicho antes?